Llamamiento del Comité Antiguerra a los países occidentales

El mundo observa con horror cómo la guerra desencadenada por Vladimir Putin se convierte en una operación de castigo. Las fuerzas rusas, no logrando ejecutar una guerra relámpago, recurrieron a un incesante bombardeo de la población civil. Las ciudades asediadas se encuentran cortados de electricidad y agua y la catástrofe humanitaria de Ucrania se agrava. Más de un millón de refugiados han huido ya del país y su número sigue creciendo. Necesitan ayuda urgente.

Mientras tanto, Vladimir Putin y sus propagandistas siguen mintiendo sobre la «liberación» de Ucrania, la televisión rusa habla amargamente de los míticos nazis en Kiev y las autoridades bloquean las redes sociales para evitar que los rusos vean la horrible verdad. Es verdad que Ucrania quería liberarse — de las garras de la dictadura de Putin. En 2014, el pueblo ucraniano pagó con su propia sangre para deshacerse del gobierno títere y seguir el camino europeo, hacia la democracia real. Vladimir Putin no pudo aceptarlo: tomó la decisión de recuperar el control de Ucrania, o destruirla. Ahora hace cumplir esa decisión, casi sin ocultar sus ambiciones imperiales bajo un montón de pretextos inverosímiles.

Pero el mundo no observa en silencio. Se están imponiendo sanciones. Sanciones que hace unos años sí podrían haber detenido a Vladimir Putin. A los rusos se les está haciendo comprender que la dictadura de Putin es un callejón sin salida para ellos y para todo el país. Ucrania está siendo abastecida con armas que podrían haber evitado una invasión rusa si hubieran sido entregados más antes al país. Pero ni las sanciones ni las armas pueden salvar a las miles de personas que han muerto en los últimos 10 días: se han sumado a la triste lista de víctimas de la invasión rusa de Ucrania, que comenzó ya en 2014.

Estas medidas no son suficientes. Cuando las bombas están cayendo, es demasiado tarde para pensar en contener el conflicto. Ya sabemos que Putin no considera la vida humana como un valor – esto se ha hecho evidente después de los horrores de Grozny y Alepo. Sabemos que no se detendrá hasta que le detengan. La OTAN, la alianza militar más poderosa de la historia de la humanidad, se encuentra en la frontera occidental de Ucrania y vigila en silencio el genocidio moderno.

Aquí no hay ambigüedad, no hay lugar para la duda. Cada hora, cientos de periodistas de todo el mundo son testigos de las atrocidades de las fuerzas rusas en territorio ucraniano. La guerra de Putin es un raro momento de claridad moral, en el que el bien lucha contra el mal no en las páginas de las novelas o en las películas, sino en la vida real. No hay rivalidad de ideologías o religiones, ni cuestiones polémicas: sólo la guerra por la guerra.

De hecho, no hay ningún acuerdo que obligue a la OTAN a defender a Ucrania. Pero no hay ningún documento legal que lo prohíba.

El Occidente ya está manchado con la sangre del pueblo ucraniano. En 1994, Ucrania renunció a su enorme arsenal nuclear a cambio de garantías de integridad territorial por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia. Sin embargo, cuando Putin invadió el este de Ucrania en 2014 y se anexionó Crimea, la respuesta fue solo una condena internacional, no una acción concreta.

Si la comunidad internacional hubiera defendido a Ucrania en aquel entonces, la pesadilla que se está desarrollando hoy podría haberse evitado. Las sanciones y las entregas de armas ya eran necesarias hace ocho años. En cambio, a los líderes occidentales se les dijo que enfrentarse a Putin era demasiado peligroso y podía llevar a la guerra. Pero la guerra llegó de todos modos. Era inevitable: el éxito envalentona a los dictadores. Esta lección de la historia ha sido ignorada.

En los últimos meses, mientras el ejército de Putin ha ido reforzando su presencia en torno a Ucrania, Occidente se ha conformado con meras amenazas. En lugar de armar urgentemente a Ucrania y mostrarle a Putin que esta vez las sanciones serían dolorosas, el mundo libre volvió a esperar y observar, hasta que los tanques rusos entraron en el país.

Ahora asistimos a una tercera traición a Ucrania: la negativa a intervenir, aunque ya ha quedado claro el alcance de las intenciones destructivas de Putin. El presidente Volodymyr Zelenski, que se negó valientemente a abandonar Kiev, pidió a la comunidad internacional que cerrara los cielos de Ucrania. Los miembros de la OTAN rechazaron su petición, justificándola con el argumento de que esa medida supondría una escalada del conflicto. En cambio, esperan a que Putin, como en el pasado, siga el camino de la escalada en sus términos. Al mismo tiempo, el número de víctimas de la guerra aumenta.

Ahora más que nunca, estar a favor de Rusia y en contra de la guerra es estar en contra de Putin. Sólo los rusos pueden derrocar a Putin — su séquito de matones, su aparato y los ciudadanos de a pie tendrán que elegir entre su vida y la de ellos. Los rusos no quieren esta ni ninguna otra guerra. Pero necesitan tiempo para ver la verdad y actuar. Creemos que eso puede y debe ocurrir. Pero hasta que se ocurre, la carnicería en Ucrania continuará.

Ucrania, traicionada y sacrificada tres veces por los pecados de Occidente, es una tragedia de proporciones bíblicas. Pedimos al mundo libre que utilice su enorme poder y su autoridad moral para salvar vidas inocentes.

Miembros del Comité Antiguerra de Rusia:

  • Mikhail Khodorkovsky, activista social
  • Sergey Aleksashenko, economista
  • Evgeny Kiselev, periodista
  • Vladimir Kara-Murza, político, historiador
  • Dmitry Gudkov, político
  • Boris Zimin, empresario
  • Evgeny Chichvarkin, empresario
  • Viktor Shenderovich, escritor
  • Yulia Latynina, escritora y periodista
  • Elena Lukyanova, abogada
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